
Los líderes necesitan cultivar inteligencia encarnada y colectiva para que la IA complemente el juicio humano sin reducir el liderazgo a automatización y ejecución de patrones.
Resumen del artículo publicado en sloanreview.mit.edu y recomendado por Digital Skills Institute el 19 de octubre de 2026.
Las capacidades de cálculo y reconocimiento de patrones de la inteligencia artificial no agotan todo lo que significa pensar o ejercer inteligencia. La tesis principal sostiene que los líderes deben cultivar otras formas de inteligencia: una inteligencia orgánica, vinculada al cuerpo y a la cognición encarnada, y una inteligencia de origen social, que surge del campo colectivo en el que actúan las personas. Frente a la inversión creciente en sistemas de IA, se plantea la necesidad de construir también una infraestructura de percepción profunda que permita a las organizaciones captar mejor lo que ocurre en sus entornos, generar nuevas respuestas y no limitarse a ejecutar patrones ya existentes.
La reflexión parte de una advertencia formulada por Martin Heidegger en 1951: lo más preocupante de una época llena de motivos para pensar era que todavía no se estaba pensando. Décadas después, esa observación adquiere una nueva relevancia porque la IA obliga a los líderes a preguntarse qué es realmente el pensamiento. Si pensar fuera únicamente aquello que las máquinas pueden hacer más rápido, bastaría con delegarlo en ellas. Pero si implica una actividad atenta, situada y encarnada mediante la cual la realidad se revela de otro modo, entonces el liderazgo en la era de la IA exige desarrollar una capacidad generativa que ninguna máquina puede reproducir.
Varios ejemplos muestran cómo el juicio humano sensible al contexto está siendo desplazado por lógicas de ejecución. Un médico puede acabar tratando pantallas antes que pacientes; un profesor puede verse constreñido por pruebas estandarizadas; un árbitro del Mundial puede tomar decisiones en tiempo real que después son corregidas repetidamente por un sistema de vídeo. En todos esos casos, los márgenes de criterio se reducen porque las decisiones quedan sometidas a parámetros previamente estructurados. La consecuencia es una pérdida progresiva del espacio donde operan la creatividad, la responsabilidad y la agencia humana.
En los órganos de dirección empieza a emerger una pregunta más profunda: qué parte de la inteligencia humana resulta irremplazable cuando todo lo codificable ha sido automatizado. La experiencia descrita con líderes de empresas, gobiernos, instituciones internacionales y organizaciones no gubernamentales apunta a un malestar común: la máquina gira más deprisa de lo que las personas pueden procesar y pensar. La aceleración no procede solo de la IA, sino también del correo electrónico, los indicadores de rendimiento, las disrupciones sucesivas y herramientas diseñadas para ahorrar tiempo que acaban consumiendo más atención.
Ese estado generalizado de saturación funciona como señal temprana del deterioro de capacidades necesarias justo cuando más falta hacen. El diagnóstico recibe el nombre de monocultivo de inteligencia: la suposición de que la inteligencia artificial es la única forma de inteligencia digna de inversión. Como ocurre con cualquier monocultivo, el riesgo es el colapso por falta de diversidad y adaptación. La respuesta propuesta consiste en crear una segunda infraestructura paralela a los sistemas tecnológicos basados en IA: una infraestructura de liderazgo orientada a percibir en profundidad.
Dicha infraestructura tendría como objetivo desarrollar capacidades colectivas para sentir conjuntamente lo que ocurre en el sistema y cocrear respuestas desde esa comprensión compartida. Así, la IA podría utilizarse como herramienta útil sin empobrecer el pensamiento humano ni reducir el liderazgo a mera optimización. El comentario final añadido al texto refuerza esta idea al señalar que pasar de percibir a dar forma a nuevas realidades exige reservar tiempo para atender, comprender y reflexionar. Esa dedicación permitiría convertir las mejoras aportadas por la IA en una forma más madura de sabiduría creativa aplicada al liderazgo.