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Los ordenadores entraron en la política entre promesas democráticas y advertencias sobre su poder

Los ordenadores entraron en la política entre promesas democráticas y advertencias sobre su poder

El uso de ordenadores en política abrió nuevas formas de participación y de orientar campañas, pero también despertó el temor a la manipulación y a una mayor concentración del poder.

Resumen del artículo publicado en theguardian.com y recomendado por Digital Skills Institute el 24 de octubre de 2026.

La automatización de la política importa a quienes trabajan en tecnología y campañas electorales porque puede cambiar cómo se toman las decisiones públicas y quién influye en ellas. Entre los años cincuenta y ochenta, los ordenadores se hicieron más rápidos y asequibles, mientras crecían los datos disponibles. Su uso se extendió desde el ámbito militar a empresas, medicina y administración. También comenzaron a emplearse para organizar campañas, comunicarse con los votantes y diseñar políticas. Aquella expansión alimentó dos expectativas opuestas: una participación democrática más amplia o un Estado en el que las máquinas sustituyeran parte de la deliberación humana.

Un antecedente fue Simulmatics. A partir de 1958, Edward L. Greenfield e Ithiel de Sola Pool plantearon reunir resultados electorales, encuestas y censos en tarjetas perforadas para clasificar votantes y simular el comportamiento del electorado estadounidense. En 1959, el Comité Nacional Demócrata contrató a la empresa para orientar los mensajes de campaña; después trabajó para John F. Kennedy con predicciones calculadas en un IBM 704. La idea inquietó a quienes veían un riesgo en que un candidato decidiera qué decir según lo aprobado por una máquina. Simulmatics quebró en 1970: fuera de la política carecía de datos suficientes para vender modelos comerciales como los que imaginaba.

La acumulación posterior de registros informáticos hizo posibles predicciones antes inviables. Al mismo tiempo surgieron preguntas sobre quién podría acceder a esa información: en Estados Unidos se abandonó un proyecto de centro nacional de datos por motivos de privacidad. J. C. R. Licklider anticipó las redes informáticas, las comunidades en línea y su papel central en la comunicación institucional y personal, pero advirtió que una política interactiva requeriría ciudadanos informados y podría facilitar manipulaciones encubiertas de archivos.

Las previsiones sobre sus consecuencias siguieron enfrentadas. Pool sostuvo que las noticias personalizadas podían fragmentar la información compartida y dificultar la formación de apoyos políticos. Otros esperaban que los ordenadores permitieran participar directamente en las decisiones públicas; entre 1971 y 1973, el proyecto chileno Cybersyn intentó usar una red para gestionar la economía socialista hasta que el golpe de Estado puso fin a él. Joseph Weizenbaum rechazaba sustituir mediante ordenadores funciones humanas basadas en el respeto y alertaba contra un campo de batalla automatizado.

A finales de los setenta, la campaña presidencial de Ronald Reagan desarrolló su propio sistema informático para ensayar escenarios electorales, utilizado en su victoria de 1980. Frente a las promesas de igualdad asociadas al ordenador personal, Langdon Winner observó que la llamada revolución informática no definía sus fines democráticos y que los avances conocidos tendían a aumentar el poder de quienes ya lo tenían.

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