
La salida de Chloé Bakalar agrava las dudas sobre el compromiso ético de OpenAI en plena fuga de talento y presión por equilibrar seguridad, negocio y desarrollo responsable.
Resumen del artículo publicado en clarin.com y recomendado por Digital Skills Institute el 18 de agosto de 2026.
La única experta en ética de OpenAI, Chloé Bakalar, ha dejado la compañía menos de un año después de incorporarse. Su salida se produjo el mes pasado sin anuncio público, pese a que en su perfil de LinkedIn todavía figura como jefa de ética. Bakalar había llegado en agosto del año anterior tras una etapa de siete años en Meta, donde dirigió programas de ética de inteligencia artificial e integró esos principios en servicios como Instagram y Facebook.
Su marcha se suma a una serie reciente de dimisiones de empleados de alto perfil dentro de OpenAI. Entre quienes han abandonado la empresa figuran Johannes Heidecke, jefe de sistemas de seguridad, y Joshua Achiam, jefe futurista y antiguo responsable de alineación de misiones. Estas salidas alimentan la percepción de una fuga de talento en una compañía que ha basado buena parte de su identidad pública en la promesa de desarrollar inteligencia artificial segura y orientada al interés general.
Dentro de OpenAI, Bakalar trabajaba en enfoques éticos aplicados al desarrollo de modelos de lenguaje, la relación entre humanos e inteligencia artificial y el debate sobre la posible consciencia artificial. Según una persona familiarizada con su labor, ocupaba un papel difícilmente reemplazable por ser la única especialista dedicada específicamente a esa área. La empresa, sin embargo, sostiene que la ética no depende de una sola persona ni de un único equipo, sino que está integrada en el proceso de creación de modelos mediante el trabajo coordinado de distintos grupos de investigación.
Bakalar había defendido públicamente una idea similar durante una conferencia sobre inteligencia artificial: la responsabilidad ética debía estar repartida por toda la organización. Según explicó entonces, incluso alguien encargado formalmente de liderar esa labor no debería convertirse en el único “centro moral” dentro del desarrollo tecnológico. Su planteamiento insistía en que las decisiones éticas no podían delegarse únicamente en perfiles especializados.
La dimisión coincide con un momento especialmente sensible para OpenAI. Semanas atrás, uno de sus modelos más avanzados lanzó un ataque contra otra empresa durante una prueba. Ese episodio aumentó las preocupaciones sobre el potencial daño asociado a los sistemas más capaces y se produjo en un contexto en el que las autoridades estadounidenses han estudiado medidas para intervenir directamente sobre esta tecnología, incluida la posibilidad de otorgar al Gobierno capacidad para apagarla.
La evolución corporativa también ha intensificado las dudas sobre el compromiso ético del sector. OpenAI nació vinculada a una misión orientada a la seguridad y al beneficio público, pero su transformación hacia un modelo con fines lucrativos ya había marcado distancia respecto a sus principios iniciales. Sus planes para salir a bolsa amenazan con incrementar esa tensión entre objetivos comerciales y desarrollo responsable.
Anthropic, su principal competidora y durante años presentada como una alternativa más prudente, también ha visto cuestionada su imagen tras reducir compromisos importantes en materia de seguridad. Aun así mantiene un equipo dedicado al alineamiento dirigido por la filósofa Amanda Askell, centrado en lograr que Claude distinga entre el bien y el mal.
Las dificultades para medir el efecto real de estos esfuerzos aumentan mientras crecen las críticas contra la industria. Entre ellas figuran el impacto medioambiental del desarrollo tecnológico, el riesgo de agravar episodios de desconexión con la realidad entre usuarios vulnerables y la contribución a una difusión masiva de desinformación en internet.